INFOESFERA Y SIMBIOSIS 

COMUNICACIÓN, PRIVACIDAD Y LIBERTAD

_ Lola S. Almendros

RESUMEN/ABSTRACT

Introducción

      Para comprender qué es la política en la era de la información hay que preguntarse cómo hacer política. La comprensión de las prácticas políticas requiere entender la tecnología y la información pues la información misma es, no solo política, sino poder en sí y de muy diversas formas. Por todo ello la filosofía política hoy debe ser filosofía de la información. Luciano Floridi ha sido pionero en la conceptualización de la realidad informacional, ofreciendo herramientas epistémicas muy útiles para pensar lo social y lo político. Infoesfera, inforg y onlife (Floridi, 2015) son las tres categorías clave del filósofo italiano para describir la realidad, la subjetividad y la acción tras lo que él denomina el giro informacional (2014). La infoesfera supone una representación de la realidad como (eco)sistema informacional. Inforg supone un cambio subversivo en la comprensión del sujeto y la agencia que conduce a una antropología y una ética que no son antropológicas ni antropocéntricas. El concepto onlife indica la disolución de la diferencia online-offline en términos existenciales: la vida onlife es el modo de vida simbiótico propio de la infoesfera. Este trabajo se centra en cómo esta (nuestra) forma de vida pone en jaque cuestiones de alta relevancia política como la privacidad o la libertad.

      La última década está profundamente marcada por los efectos del giro informacional en nuestra forma de vida, esto es, por la aplicación extensiva e intensiva de las tecnologías de la información y
la comunicación (TIC) a aspectos íntimos, sociales y políticos. Para comprender los efectos del giro informacional conviene atender, por un lado, a su incidencia en nuestras prácticas comunes y sus entornos y, por otro, al lenguaje mismo, pues es el fundamento de toda comunicación y por tanto de la mayor parte de las relaciones intersubjetivas. En lo que respecta a la primera de las cuestiones, si bien el giro computacional inició ya a mediados del siglo XX la inmersión de lo digital en nuestras vidas, desde el año 2000 estamos ante una ruptura paradigmática que no tiene origen tanto en la capacidad técnica de lasTIC como en sus desarrollos sociopolíticos y, sobre todo, tecno-económicos. Así, el giro informacional es disruptivo fundamentalmente por el nuevo sentido que adquiere la información, que va más allá del significado computacional: a sus características cuantitativas se añade un valor cualitativo también cuantificable y explotable. La información no solo es magnitud sino valor (económico, político y social), y por ello es poder.

      Gran parte de las prácticas intersubjetivas han sido informatizadas, lo que ha modificado no solo la relación entre las cosas, entre las personas, y entre las personas y las cosas, sino también la relación “de y entre” las cosas, “de y entre” las personas, y “de y entre” las personas y las cosas. Esta circunstancia supone la necesidad de pensar qué significa hoy cada uno de estos elementos y su agencialidad. Dicha tarea se puede afrontar desde distintos frentes, el de Floridi es ontológico-epistémico y supone la asunción de una naturaleza informacional tanto de la realidad (infoesfera) como de los agentes (inforgs). Ahora bien, que el mundo  funcione informacionalmente no implica necesariamente que sea informacional, o en términos epistémicos, que comprender la realidad hoy suponga informatizarla no implica necesariamente que esta sea informacional. La cuestión no es tanto qué es la información, sino que la información está en todo, y esta cuestión no es ontológica ni epistémica, sino política.

      En lo que respecta al lenguaje, el giro informacional ha implicado nuevos modos de comunicación, relación y praxis que han supuesto cambios relevantes en las capacidades cognitivas y en los mecanismos de intersubjetividad. El lenguaje, clave en los procesos cognitivos, es el protagonista de
la actual socialización comunicativa: es la praxis básica que sirve de puente entre el yo y los otros
a la par que define ambos. La mutabilidad en las formas de darse las interacciones sociales en la infoesfera implica cambios en su sentido que afectan a la conformación de las subjetividades. En lo que respecta a la comunicación, las redes sociales son espacios comunicativos que redefinen la comunicación y, por tanto, los modos de intersubjetividad y praxis comunicativa (lingüística y audiovisual). Esta redefinición supone una pérdida pragmática: el carácter ilocucionario y perlocucionario del lenguaje (Austin, 1962) entran en crisis ante la exponencial intrascendencia de la acción offline, prueba de ello es la volatilidad de movimientos sociales. Los modos de subjetividad que emergen de los comportamientos específicos en las redes sociales están marcados por procesos en los que el marketing es una constante. La publicidad personalizada o el llamado filtro burbuja tienen tras de sí una amalgama técnica tan opaca como poderosa, y Cambridge Analytica lo evidencia.

      Los derechos y su ejercicio también se ven afectados, muy particularmente el derecho a la privacidad. “La sociedad de la información [...] confiere un sentido diferente en el que los ciudadanos perciben su privacidad. [...] Los modos de invasión de la privacidad también son muy distintos”[1] (Floridi, 2014, pp.106-107). Además, las nuevas formas de incisión en la privacidad tienen como resultado nuevas prácticas y conceptualizaciones de esta (Solove, 2008).

      En definitiva, las redes sociales son dispositivos de construcción de identidades y operan mediante cambios en la percepción de cuestiones de alta relevancia social, ética y política como la intimidad. Así, no es que los profiles sean puertas cristalinas al interior del sujeto-usuario, sino que el sujeto se conforma a partir de los perfiles con que dota de sentido al self (yo) a través de su relación con los otros. Este comportamiento conformador de nuevos sujetos es tan comunicativo como poco performativo. Como se verá, ello es consecuencia de una circunstancia de fetichización de la comunicación que caracteriza el joven siglo de la (hiper) información. Este fetichismo se debe a la extrema importancia que se otorga a los procesos comunicativos debido a su valor social, pero tiene como consecuencia la tendencia a su a-significación. La información que cimienta nuestras comunicaciones es la privacidad en su forma informacional. En este sentido el proceso de fetichización de la comunicación consiste en la mercantilización de la privacidad. La comunicación se presenta como el transvase de privacidad de un perfil a otro, de modo que el yo se conforma a partir del consumo de los otros. Pero el yo y los otros quedan vacíos de significado, pues el proceso que les sirve de andamiaje en entornos como Instagram supone su cosificación y mercantilización.

1. Comunicación, privacidad y tecnopolítica

 

 

      En contextos como Facebook oTwitter decir no es más que repetir o compartir lo que se repite. En este sentido, actualizando a Walter Benjamin (2010) podríamos decir que las redes sociales nos han situado en la era de la reproductibilidad técnica de los discursos. La forma en que se establece la comunicación desvirtúa las posibilidades performativas. Cuando el carácter perlocucionario del lenguaje entra en declive, esto es, cuando decir difícilmente es hacer, es muy complicado que se pueda construir discurso, debate y acción pública alguna. Es difícil creer que 140 caracteres de indignación como preludio a tomar café en Starbucks puedan resultar algo dramático para las redes de poder. A lo sumo un tweet puede ser un titular copy-paste de leve revuelo viral en el intranscendente opinar diario. Y es que Twitter, el referente del microblogging que tanto se vitoreó en las revueltas de Irán en 2009 o durante la Primavera Árabe, ha llevado más ciudadanos a la autocensura y a la cárcel que debate a los parlamentos (Morozov, 2012).

      La supuesta descentralización del poder vía Internet solo ha servido para terminar de socavar
el modelo estado-nación sin propuesta alguna de reemplazo. El ideario descentralizador de las TIC
es análogo al modelo capitalista de la multinacional. Los ciudadanos, aparentemente informados, tenemos acceso (en) directo a gran parte de los problemas causados por focos y redes de poder difícilmente determinables. La tendencia a la concentración descentralizada del poder en general y en la Web 2.0 en particular presenta inconvenientes tanto para su localización como para delinear sendas de resistencia. Del mismo modo, de la capacidad de llamamiento masivo a la transcendencia del agolpamiento de la indignación de los movimientos sociales hay una gran distancia que las TIC, a día de hoy, no son capaces de acotar.

      En el espacio pseudopúblico en que nos sitúan los sistemas TIC más utilizados, esto es, las redes sociales, la política y el marketing se entremezclan. La subjetividad es definida y reafirmada por el like, por lo que las (ciber)comunidades no son más que el resultado del agrupamiento del gusto compartido. Se produce así una destrucción identitaria, tanto individual como colectiva. Además, la constante y provocada mutabilidad del gusto por medio de la publicidad personificada re-significa los símbolos identitarios como marcas. De este modo la masa torna multitud, adición de individualidades, conjunción en vez de unión. La construcción de colectividades en las redes sociales tiene una forma gregaria y vertical: la (hiper)sociabilidad e interactividad que se presentan como virtudes en espacios como Facebook son falaces.Y es que, como avecinaba Deleuze (1999), “ya no estamos ante el par ‘individuo-masa’. Los individuos han devenido ‘dividuales’ y las masas se han convertido en indicado- res, datos, mercados o ‘bancos’” (p.7). Mientras se espera que el capital social (Bourdieu, 2001, pp.148- 156) brote de la interacción máxima en las redes sociales, prospera una fuerte discapacidad social que se refleja en la imposibilidad de generar vínculos sociopolíticos estables, duraderos y trascendentes.

      Las relaciones intersubjetivas mediadas por las TIC son relaciones de intercambio de datos íntimos. La encomiada bidireccionalidad que marca la diferencia entre el paradigma de los mass media y el actual realmente tiene la forma de un intercambio asimétrico, de una transacción alienante. En el mercado de los datos, monopolio de las empresas BigTech, la mano de obra es el producto: la interactividad solo sirve para camuflar la (auto)explotación a la que somos sometidos bajo el pseudónimo de libertad. Así, las prácticas en redes -que consisten en una exhibición y consumo de intimidad- conforman un determinado sujeto que, a diferencia de lo que sucedía en la era de los mass media, es comunicador-productor al tiempo que receptor-consumidor (Han, 2013, 2014b). El mecanismo productivo de valor en el capitalismo del Big Data tiene su origen en la participación voluntaria en esta suerte de mercado social de intimidad. La rentabilidad es incalculable, pues lo que se explota es la capacidad creativa lingüística y audiovisual de unos usuarios que aparentan ser clientes, quieren ser ciudadanos, y finalmente solo son prosumidores.

En la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir o realimentar a perpetuidad en sí mismo las cualidades y habilidades que se exigen en todo producto de consumo. (Bauman, 2007, p.26)

La intimidad se redescribe como mercancía y fetiche. Las redes en las que tienen lugar gran parte de las interacciones sociales son un dispositivo de privatización y explotación de la información y la comunicación, de lo íntimo, lo privado y lo público; de manera que ni la información informa ni la comunicación comunica. Estas plataformas monopolísticas conducen a la confusión de instancias privadas y públicas en espacios que, pese a parecer públicos –debido a la publicidad de su uso–, son privados. Estamos así ante la distorsión de lo privado y lo público en espacios que privatizan ambos. El dispositivo mediante el cual opera este novedoso modo de generar data-plusvalía es la transparencia. Paralela y paradójicamente, el desencanto ciudadano con lo político se traduce también en el incremento de la exigencia de transparencia, exigencia que pone de manifiesto una abrumadora crisis de confianza al tiempo que se ve paralizada por la proliferación del escándalo. En este sentido, la sociedad de la información es una sociedad de la transparencia donde se han llevado a sus últimas consecuencias los pronósticos de Debord (2005): es una sociedad de espectadores del espectáculo del escándalo. El espectáculo nos hace pasivos porque explota nuestra actividad más rentable: la que contribuye a la data-plusvalía. En el eco del grito “transparencia” se escucha “reality show”. De ello que las tertulias políticas que parasitan los medios de comunicación se parezcan tanto a los magazines de la prensa rosa. La política es el nuevo pastiche y la transparencia el brebaje con el que, peligrosamente, podemos convertirnos en indignados de sofá.

2. Transparencia: un dispositivo

tecnopolítico

      Conforme las redes, estrategias y mecanismos de poder se perfeccionan, se hacen más sutiles. El mayor grado de totalitarismo consiste en su imperceptibilidad: su invisibilidad no es síntoma de libertad sino de desconocimiento de cómo tienen lugar las coacciones. Esto nos sitúa en una posición absolutamente vulnerable. En la era de lo que Foucault (1999, 2008, 2009) denominó biopolítica, se podía seguir el rastro de los mecanismos coactivos a través de las diferentes prácticas (discursivas y no discursivas) dirigidas a la modificación de las conductas. Los mecanismos de resistencia son clave para la existencia de poder, pero en el paso de la biopolítica a las tecnologías del yo (Foucault, 2000), ante la decadencia de estos, el poder torna control (Deleuze, 1999). Las tesis con que Han (2013, 2014a, 2014b) trata de continuar estos análisis donde Foucault empezó a vislumbrar las tecnologías del yo como estrategias de poder en la sociedad del control, nos derivan a una psicopolítica de la transparencia, donde esta se presenta como un nuevo dispositivo de control neoliberal que no opera mediante el adoctrinamiento de la conducta sino de manera mucho más sutil, dirigida a la explotación de la libertad de tal manera que esta se transforma en coacción. Esto explica la voluntariedad en la construcción del panóptico digital (Han, 2014b).  En este sentido, el panoptismo como instancia de vigilancia no solo no ha sido erradicado, lo tenemos instaurado en nuestra forma rutinaria

de operar: cada uno se convierte en el panóptico de sí mismo (Han, 2014b). El control es máximo
y extremadamente eficiente pues es un “control ‘al aire libre’” (Deleuze, 1999, p.5). Esta vigilancia sin vigilancia tiene su condición de posibilidad en que la libertad transmuta coacción mediante el dispositivo de la transparencia: mediante la enajenación de la intimidad para el consumo de los otros. Esta nueva forma de relación intersubjetiva ligada a la explotación de la libertad por medio del dispositivo de la transparencia supone la tendencia a una homogeneización de las subjetividades, al tiempo que a una irrefrenable fragmentación social fruto de los mecanismos donde el marketing, el Big Data y la actividad en redes nos sitúan. La publicidad personalizada y el filtro burbuja merman la multidimensionalidad de las identidades del mismo modo que la transparencia lo hace con la confianza. Una sociedad que no es capaz de definir las instancias de reconocimiento que proporcionan sentido a sus comunidades ni vías para (re)describir sus capacidades y posibilidades es una sociedad no ya líquida, como anunciaba Bauman (2004), sino “de la nube”.

      Las instancias de reconocimiento no son algo dado o fijo que se ha perdido en el olvido por la aceleración y tecnologización de los tiempos modernos, son un constructo que hay que (re)construir, pero no mirando a la leve idea que la modernidad líquida nos puede proporcionar sino creando espacios de subversión. La capacidad de re-descripción es esencial a la efectiva significatividad de las instancias de reconocimiento como definitorias de la identidad individual y colectiva, pues son las herramientas que pueden situarse como trasfondo de la solidaridad con que Rorty (1996) intenta responder a las problemáticas de la imposible acción comunicativa habermasiana (1994). Ahora bien, las instancias de reconocimiento son, por un lado, absolutamente re-descriptibles pero históricas y, por tanto, presentan cierta significatividad dada que guía (pero no determina) nuestras posibilidades. Por otro lado, son la clave de la solidaridad en el sentido en que posibilitan que entre lo público y lo privado pueda situarse un espacio de poder que consiste no solo en la generación de discurso y debate (debido al reconocimiento de problemas comunes) sino también de acuerdos y acción públicos. Ello se debe a que nos sitúan más allá de nuestra propia individualidad, haciendo posible ese comportamiento irónico que debe acompañar al que busca vías de reivindicación y ampliación de libertad. La contingencia de los propios intereses y creencias es la primera instancia de reconocimiento que puede conducir a la construcción de lo público sin renunciar a la individualidad, pero asumiendo que esa no renuncia supone, de hecho, el reconocimiento irónico de su propia contingencia. En (ciber)contextos gregarios como Instagram, donde la homogeneización es exponencial y la inactividad se disfraza de (hiper)sociabilidad parece difícil conseguir estos propósitos.

3. Redes opacas para la transparencia

      El lugar de la técnica en la cultura es un lugar de definición. En la actualidad, los artefactos tecnológicos son un mecanismo no solo para pensar la propia identidad, sino también de identificación. Ahora bien, lo específico de nuestro tiempo no es la conciencia de este importante rol de la tecnología sino su asimilación acrítica. Se ha depositado una confianza en una visión salvífica de la tecnología que conduce a una falsa apropiación a través de una identificación con un thelos que no supone más redención que la de tener que actualizar o renovar los aparatos cada vez que el mercado lo exige. La fetichización de la comunicación se une así a la de los artefactos. Estos, además, se presentan como objetos cuya estética es directamente proporcional a su opacidad. Su carácter estético descansa en las mismas razones por las que es imposible abrirlos y manipularlos, de modo que la relación con los artefactos que estructuran el sistema  TIC es la de un aprovechamiento utilitario de cajas negras. Esta relación asimétrica es el caballo deTroya de la bidireccionalidad de lasTIC. Sin necesidad de entendimiento alguno y, por ende, de apropiación, la sociedad del conocimiento solo habita, paradójicamente, en contextos de utilidad. En este sentido, la relación con los artefactos es enajenante. El diseño opaco sirve para instaurar el ideario de transparencia en nuestras prácticas y niega las posibilidades emancipadoras de las  TIC. En este sentido la tecnología es más alienante que constructora de significado y capacidades. Del déficit democrático en torno al diseño y desarrollo de las tecnologías que determinan nuestro estar y actuar en el mundo (así como nuestras expectativas al respecto), se siguen dudas sobre la efectiva adecuación a los intereses y necesidades sociales, por lo que su carácter de innovación, al menos en lo sociopolítico, es cuestionable.

      Las redes sociales combinan lo bueno de la técnica con un aura social pero no son (y no pueden ser) innovaciones sociopolíticas: son innovaciones tecnoeconómicas. Esta no es una cuestión que depende del uso de las redes sino de su diseño. Los usuarios no somos ciudadanos cuyas libertades de expresión y acción se ven potenciadas, sino fuentes de datos y potenciales consumidores para negocios paralelos, y lo somos by default. Con su radical defensa de la transparencia el propio Zuckerberg presenta un mundo mejor conquistable a partir de la absoluta translucidez de cada cual, germen de la sinceridad y la tolerancia (Kirkpatrick, 2010). Sin embargo, entre tanta transparencia lo único que transluce es que el libertarismo es un espejismo que antes de hacerse endémico gracias a redes como las de Zuckerberg, tiende no solo a permanecer latente sino a extinguirse ante una quimera de libertad bien sedimentada sobre la apología de lo transparente.

      El monopolio empresarial de las redes sociales es un monopolio en la propiedad de los datos. Su desarrollo supone nuevos modos de interacción social pero no en vistas de una mejora de las circunstancias sociopolíticas, sino de generar formas más sutiles de relación comercial y mercantil. Un profile es un consumidor construido para que libremente elija consumir. La exposición, transmisión y consumo de datos generan la plusvalía que sirve de sustento de las redes sociales como piezas clave en el desarrollo del marketing. Desde sus orígenes militares, la historia de Internet en general y de la Web 2.0 en particular es la historia de un modo de vigilancia consistente en que (ciber)empresas construyen espacios en los que se explota el tiempo y la capacidad creativa. Emerge así una nueva forma de economía, un capitalismo neoliberal de la información, que se sustenta en bienes extremadamente abstractos –los datos–, que toman su valor a partir de la desposesión del individuo al que definen. En este sentido, la contemporaneidad puede definirse, continuando el análisis de Benjamin (2010) acerca de la industria cultural, como el tiempo de la reproductibilidad técnica de los datos. Los mecanismos de análisis, procesamiento y aprovechamiento de Big Data (data mining, predictive analytics, machine learning, etc.) son los instrumentos de esta reproductibilidad que, además, se caracteriza por la emergencia constante de nuevos (meta)datos cuyo valor es exponencial. En esta circunstancia, los datos íntimos pierden el carácter cultural que articula las identidades, presentándose como instancias meramente expositivas. El carácter reproductivo con que la lógica de la producción ha teñido ya hasta la intimidad supone así la pérdida del aquí y ahora, de la unicidad de la existencia (de la identidad) y, por tanto, de su autenticidad.

Conclusiones

      El ciudadano está (híper)informado pero está y actúa en el mundo falto de forma: la subjetividad es líquida porque los puentes (relevantemente comunicativos) con los otros son canales fetiche de circulación de datos privados. Estos hacen de la intersubjetividad una cosa que cuantificar.Y de la subjetividad el resultado de datos expuestos con alevosa voluntariedad y artificialmente contextualizados por los algoritmos que amasan el Big Data. Este ciudadano, sobreexpuesto a la información y sufriente de una banalización de la comunicación, es la diana de unas tecnologías con un fuerte carácter despolitizante (pese a ser políticas en sí). Ello anula y falsifica lo individual y lo social; cosifica, mercantiliza, des-significa y des-compromete de la manera más sutil: ensalzando la participación y el compromiso cómodo del click.

      Durante el giro computacional la distinción entre lo digital y lo analógico se mantuvo bastante clara, así como entre lo online y lo offline. La intrusión de sistemas de computación y conexión también permaneció dentro los límites trazados por la racionalidad mecánica basada en la sucesión lineal causa-efecto con la que se pensaba tanto el mundo como el progreso. Pero la lógica mecánica lineal no es aplicable a una estructura (eco)sistémica como la de la infoesfera. El ecosistema informacional no opera y no puede entenderse en términos causa-efecto. Ello no quiere decir que exista una suerte de determinismo, tampoco una indeterminación absoluta. La infoesfera no es algo dado sino un constructo complejo y dinámico que debe ser pensado desde un marco de reflexión sistémico donde no se deje de lado ni lo axiológico ni lo político para comprender su operatividad hiperconexionista.

      Una de las peculiaridades disruptivas del giro informacional es la tendencia exponencial a la indiferenciación entre lo online y lo offlineEsta circunstancia es a su vez causa (y consecuencia) de un nuevo modo de estar y actuar en el mundo. La vida onlife -la vida de los inforgs- es así un modo existencial simbiótico-informacional. Las metáforas computacionales y cibernéticas que sirvieron para conformar la idea de ciborg no sirven tras el giro informacional. Los inforgs son “Los inforgs son organismos informacionales [...], conectados entre sí e integrados en un entorno informativo (infosfera), que compartimos con otros agentes informacionales, tanto naturales como artificiales, que también procesan la información de forma lógica y autónoma”[2] (Floridi, 2014, p.94). Pero como sucede respecto de la infoesfera, el inforg tampoco es una entidad dada recientemente descubierta. Conviene entenderlo en términos políticos y axiológicos para evitar comprenderlo simplemente como seres informacionales con capacidad de agencia. Es muy importante atender a los mecanismos de subjetivación que operan en la infoesfera. Así, es necesario dar un paso más allá de la filosofía y la ética de la información de Floridi, pues en sentido político, el inforg es el resultado de informatizar la categoría de sujeto y agencia, esto es, de informatizar los modos de subjetivación y las praxis. En definitiva, los inforgs son el resultado de una exigencia simbiótica fruto de las relaciones de poder que constituyen la vida onlife.

      El inforg, nosotros, simbolizamos la informatización a la que hoy se ve sometida cualquier cosa o, dicho de otro modo, somos el resultado de un proceso de des-subjetivación que personifica las cosas y cosifica a las personas. La actual relación simbiótica de los inforgs en, con y desde la infoesfera es, como se ha visto, alienante. Por ello la gran pregunta de nuestro tiempo es ¿cómo emancipar un simbionte?

Referencias

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Rorty, R. (1996). Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona: Paidós.
Solove, D. J. (2008). Understanding Privacy. Cambridge (Mass.): Harvard University Press

1 Traducción de la autora.

2 Traducción de la autora.

BIO

Lola S. Almendros

Graduada en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Filosofía, Ciencia y Valores en la Universidad del País Vasco y la Universidad Nacional Autónoma de México. En la actualidad es investigadora predoctoral en el Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad del Instituto de Filosofía del CSIC. Su investigación sigue la línea de los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología y de Ciencia, Tecnología y Género, centrándose en el estudio de las consecuencias sociopolíticas de la ideología de la transparencia, en el problema jurídico-político de la privacidad en los desarrollos tecnológicos, y en las características y posibilidades de los movimientos sociales en espacios virtuales. Entre sus publicaciones destaca The Shaping of Intimacy in Facebook from a gender perspective (2019), Tecnociencia y democracia: problemas epistémico-políticos y movimientos open en la consecución de sociedades del conocimiento (2016) y Tecnopersonas. Cómo nos cambian las tecnologías (en prensa). 

 

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