El espacio relacional de la

naturaleza en Madre de Iza Páez

 

Jacques Rancière sostiene que el arte contemporáneo es un lugar donde “pueden estar reunidas múltiples combinaciones entre diferentes medios para producir también una multiplicidad de formas de representar las situaciones del mundo, bien sea la situación global o el capitalismo hoy o las situaciones particulares que crea en términos de transformación de relaciones sociales” (en VV.AA., 2014, p.35). En la obra de la artista ecuatoriana Iza Páez, especializada enTelecomunicaciones Interactivas por la Universidad de NuevaYork, se pueden identificar ambas dimensiones: lo forma múltiple y la temática política.

 

     En su obra, la artista ecuatoriana hace uso de formas múltiples, de dispositivos tecnológicos –motores, sensores, luces, computadores– en conjunción con elementos naturales. A partir de dicha convergencia entre arte, tecnología y naturaleza, Páez plantea la posibilidad de construir obras que permitan tanto el diálogo entre los seres humanos como el diálogo entre los humanos y la naturaleza. Se trata de reprogramar el espacio público con fines comunicacionales. Ella misma sostiene que la utilización de recursos tecnológicos posibilita la introducción de elementos mágicos en el ámbito del arte con fines interactivos: “La forma en la que utilizo la tecnología me permite hacer magia en el arte. Hay miles de herramientas que apoyan la interactividad con el espectador, elementos sorpresa como viento por medio de motores y sensores” (Páez, 2019, p.1). En Madre (Fig.1), la artista construye un árbol con dispositivos motores y cinéticos que permiten la interactividad gracias a sensores de presión. Estos permiten también la activación del diseño de sonido 360: “La interactividad está basada en el espacio. Hay sensores de presión para activar el movimiento y el sonido. La idea es que cuando hay gente, la pieza se activa” (Ibíd.). La propia artista describe el proceso de fabricación: “El movimiento de las ramas del árbol se diseñó con un mecanismo de barra de cuatro articulaciones y se mueven con motores de alto par. Probé muchos materiales diferentes para obtener la textura y la transparencia que estaba buscando en las hojas para que puedan absorber el color de la luz proyectada en ellas. Para el diseño de audio, un ingeniero de sonido y amigo del músico, Nicolás Dávila, fue a la Amazonía ecuatoriana para capturar sonidos reales y originales (Ibíd.). Ahora bien, la obra no se compone solo de dispositivos tecnológicos. Sobre las ramas mecánicas, la artista dispone diferentes hojas de diversos árboles: “El árbol es una mezcla de muchos árboles, diferentes hojas, formas colores. Sentía que el árbol era la representación de mi imaginario con la naturaleza” (Ibíd.). Podemos afirmar que la obra es un constructor híbrido donde lo natural y lo tecnológico convergen y donde resuenan tácticas del arte ecológico de Hans Haacke.

Fig.1. Páez, I. Madre, 2016. [El árbol-máquina y el espacio relacional]. Disponible en: https://www.izapaez.com

      Asimismo, la artista desarrolla una propuesta artística ligada a la tradición andina donde el árbol es un símbolo para trabajar su concepto, esto es, para crear un espacio de unión: entre los diversos seres humanos; y entre los humanos y la naturaleza. De ahí el nombre de la obra: la “Madre Naturaleza”, la Pacha Mama como espacio donde reunirse, comunicarse, compartir y comenzar una comunidad. Ella misma relata: “La inspiración para este proyecto proviene de mi propia relación con la naturaleza que se desarrolló cuando era una niña y de lo que he aprendido y admirado acerca de la conexión que nuestros ancestros tenían con la MadreTierra” (Páez, 2016, p.1). De este modo, en su obra se materializa una de las idea-fuerza del arte contemporáneo que sostiene “la posibilidad de un arte relacional, un arte que tomaría como horizonte teórico la esfera de las interacciones humanas y su contexto social, más que la afirmación de un espacio simbólico autónomo y privado” (Bourriaud, 2006, p.13). Un arte relacional más allá de las particularidades étnicas y yoicas que se dirige a todos (Badiou, 2004)

      Vamos, a continuación, a leer Madre desde dos perspectivas.

      Por un lado, vamos a interpretarla desde la óptica del Antropoceno, la crítica decolonial y la lógica del Buen Vivir con el fin de vislumbrar cómo en ella se contrabalancean la reivindicación de la naturaleza frente a cierta contradicción en el uso de materiales tecnológicos.

      Sin duda, en esta defensa de la naturaleza por medio de la tecnología a través del oxímoron árbol-máquina, resuena una crítica a la depredación capitalista y al giro epocal iniciado por el Antropoceno. Al interpretar la obra de Páez, podemos asumir que el árbol-máquina es un efecto del desarrollo sin medida ni freno iniciado en la Revolución Industrial, esto es, una muestra o resto del impacto de la acción humana sobre la naturaleza. Este impacto, nos permite leer la obra como un objeto no solo natural, sino también poscultural (Latour, 2011). En este sentido, Madre es un gesto metafórico del mundo que está por venir: un mundo posnatural y poscultural donde los árboles se convertirán
en máquinas como un resultado de la acción geomorfológica del hombre, como un devenir-máquina de la naturaleza por medio de la transformación predadora de la naturaleza en mercancía. De igual modo, la obra de Páez a pesar de vindicar, desde la perspectiva de Deleuze-Guattari (1972), la tierra en tanto que unidad primitiva y natural, en realidad lo hace a partir de una praxis territorial, a saber, de la conformación de elementos no-naturales. De ahí las dificultades conceptuales y las contradicciones éticas que nos encontramos con el uso de la tecnología como posibilidad de reivindicación de la naturaleza. Sin duda, la obra expresa el territorio, que es cultural, político y capitalista, a pesar de sus esfuerzos por expresar los valores de la tierra.

      Asimismo, la obra de Páez se hace eco de la crítica decolonial al capitalismo y de su contraofensiva ecológica, aunque, nuevamente, se revelan ciertas contradicciones a tener en consideración. Bien
es cierto que la obra nos interpela y nos alienta a volver la mirada a las prácticas indígenas y a su modo de vivir acorde con la naturaleza. Pero no deja de ser cierto, igualmente, que el uso de la tecnología, que es el resultado de los procesos industriales en condiciones de producción capitalistas, hace que la obra sea un resultado del mundo globocentrista en el que vivimos y, por ende, una expresión literal del capital natural. Esto es, no deja de ser una expresión del devenir-mercancía de la naturaleza, en este caso, una mercancía artístico-cultural.También podemos leer la obra como una crítica a la colonialidad de la naturaleza que, como en una suerte de circularidad, no puede escapar de ser ella misma parte integral de dicha colonialidad. En la medida en que se hace uso de elementos naturales –de hojas que son arrancados de su hábitat y reterritorializados en el marco
de una obra artística tecnológica– nos encontramos nuevamente con contradicciones. Como señala Escobar (2011), en la colonialidad de la naturaleza se expresa una profunda jerarquización que asume que lo moderno se sitúa por encima de lo primitivo y lo cultural por encima de lo natural. Así, en la obra se establece una tensión entre la idea de expresar un dialogo naturaleza-tecnología y la idea de que la obra sea la expresión de la naturaleza subordinada a la perspectiva humana y, por tanto, al dominio de ésta por la tecnología.

      La interpretación de la obra desde las coordenadas del Buen Vivir, en tanto alternativa institucional al capitalismo que defiende el reconocimiento de la Pacha Mama como sujeto de derechos de la

Constitución ecuatoriana, también es problemática. Ya hemos indicado que el Buen Vivir es una reinterpretación de los saberes indígenas andinos y de los modos como éstos se relacionan armónicamente con la naturaleza. Ahora bien, si como señala Alberto Acosta (2010) el saber indígena se aparta de la idea occidental de progreso, entonces se visibiliza, nuevamente, una contradicción: el esfuerzo por defender la vida en armonía con la naturaleza a través del uso de la tecnología, que es el resultado del desarrollismo occidental y de su necesidad de dominar y manipular la naturaleza. Si bien es cierto que la artista quiere articular su obra con la tradición indígena andina, no es menos cierto que el uso de dispositivos tecnológicos se contrapone a la cosmovisión de aquellos y, en consecuencia, al sumak kawsay.

      Por otro lado, vamos a leer la obra como un dispositivo que promueve una espacialidad ligada
a la tradición andina, una espacialidad crítica con la espacialidad eurocentrada propuesta por Kant. En este sentido, cabe señalar que la obra parte de la idea premoderna de un espacio donde hombre
y naturaleza no son diferentes. Madre puede leerse como un dispositivo artístico que promueve una vuelta al mundo precolombino donde el hombre y la naturaleza estaban interrelacionados antes de la emergencia de la ciencia, el capitalismo y la subjetividad europeas (Castro-Gómez, 2007). Si la Mo- dernidad convierte el espacio en una forma a priori de la sensibilidad (Kant, 1989), es decir, como una forma de decodificar la naturaleza desde la subjetividad trascendental; el mundo precolombino no diferencia ambos espacios sino que los conecta. La obra de Páez pretende mostrar cómo la humanidad no está fuera de la naturaleza frente a la diferencial hombre-naturaleza inaugurada en la Modernidad. El devenir-cálculo de la naturaleza a través de la ciencia y la hegemonía de lo individual del capitalismo neoliberal son puestos en cuestión por esta obra que intenta romper con la analítica moderna y su dualismo materia/espíritu.

      Esta comunicación hombre-naturaleza nos lleva a ver en la obra una expresión de la Pacha Mama en tanto que lugar donde todo está relacionado: “En esta relación del hombre con su propio mundo, se forja una integralidad total y absoluta con plantas, bosques, animales, territorios, minerales, ríos, lagos, montañas, espacios celestiales y entornos estelares, que origina una integridad comunitaria holística interactiva y única” (Brun, 2009, p.86). De este modo, podemos sostener que el espacio andino es un espacio heterogéneo, un espacio donde los diversos elementos establecen interacciones simbióticas entre sus componentes que conforman un todo. Madre, sin duda, pone en marcha un dispositivo donde el espacio natural y el espacio humano componen sinergias que revelan el carácter holístico-interactivo de la obra: espacio de lo común y lo relacional donde todo está enredado, a diferencia del espacio homogéneo y abstracto de la analítica moderna.

      La obra de Josef Estermann Filosofía andina. Sabiduría indígena para un mundo nuevo (1997) es de gran utilidad para pensar el uso del espacio en Madre. El pensador de origen suizo afirma que estos espacios múltiples e interconectados del mundo andino componen un organismo común y colectivo que funciona según la lógica del principio de relacionalidad, del principio de correspondencia, del principio de complementariedad y del principio de recriprocidad. Así, podemos afirmar que en Madre se plasma el principio de relacionalidad, donde “todo está de una u otra manera relcionado (vinculado, conectado) con todo” (1997, p.126). La tecnología -sensores, motores, programas-, la naturaleza -las hojas de los árboles- y los humanos -usuarios de la obra- abandonan su existencia concreta para integrarse los unos con los otros en una red interactiva. Asimismo, el principio de correspondencia, derivado del anterior, presupone que “los distintos aspectos, regiones o campos de la ‘realidad’ se corresponden de una manera armoniosa” (1997, p.136), esto es, entre la tecnología, la naturaleza y lo humano no se da una mera relación, sino una relación armónica entre lo macro y lo micro, entre lo cósmico y lo humano, entre lo orgánico y lo inorgánico. Por su parte, el principio de complementariedad, que sostiene que “ningún ente y ninguna acción existe monádicamente, sino siempre en co-existencia” (1997, p.139); y el principio de reciprocidad, que expresa que a cada acción le “corresponde como contribución complementaria un acto recíproco” (1997, p.145), son principios secundarios que sirven para pensar el carácter relacional de la obra de Páez.

      En definitiva, podemos afirmar que en la obra convergen el espacio occidental y el espacio andino: la tecnología capitalista y la vindicación de vivir en armonía con la naturaleza.

DEPÓSITO LEGAL: M42787-2016

ISSN: 2530-447X (edición impresa)

ISSN: 2530-4488  (edición digital)