Mitos y tecnologías.

De epistemologías, inteligencias y relaciones

de poder 

 

Bárbara Sainza Fraga

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Resumen

La ciencia y la tecnología tienen género. Desde el siglo XVII se constituye un sujeto epistemológico hegemónico que priva de agentividad a las personas sexuadas, racializadas y trabajadoras en la producción tecnocientífica. En una cultura de la ciencia y la tecnología basada en los mitos y relatos de la inteligencia racional y objetiva, así como de la destreza técnica, este sujeto se encarna en el científico, el ingeniero y el programador. Los mitos y metáforas que proceden de la literatura tecnocientífica desde entonces, performan la división sexual del trabajo así como los roles de género.  Desde los años sesenta, diferentes feminismos identifican nuestra ausencia en estos ámbitos de influencia como elemento clave de las relaciones de poder de género. Las preguntas hoy parecen seguir girando sobre estos ejes en busca de reflexiones y estrategias emancipadoras y transformadoras, como dice Haraway, “estando en la acción como seres finitos y sucios”[1].

Palabras clave: Mitos, Epistemologías, Tecnociencia, Feminismos, Productos sociotécnicos.

 

Abstract

Science and technology have gender. Since the 17th century a hegemonic epistemological subject is constituted who deprives sexed, racialized and hard-working people of agency in techno-scientific production.  In a culture of science and technology based on the myths and stories of rational and objective intelligence, as well as technical skill,  this subject is embodied in the scientist, the engineer and the programmer.  The myths and metaphors that come from techno-scientific literature since then, perform the sexual division of labor as well as gender roles. Since the sixties, different feminisms have identified our absence in these spheres of influence as a key element of gender power relations. The questions today seem to keep turning on these axes in search of emancipatory and transformative reflections and strategies.

Keywords: Myths, Epistemologies, Technoscience, Feminisms, Sociotechnical products.

 

 

 

La tecnología y la ciencia tienen género. Nuestro imaginario social aún encarna la ciencia y la tecnología en el hombre blanco occidental de clase media que nace con el científico europeo y con la figura tecnocientífica de Robert Boyle del Testigo_Modesto@Segundo_Milenio[2](2004) de Donna Haraway. 

Desde Boyle y la Revolución Científica del siglo XVII, se divisa el nacimiento identitario del científico como un hombre auto-invisible, un testigo modesto que como dice Haraway, “sin añadir nada de sus meras opiniones, [ni] de su corporalidad parcial (...) recibe el extraordinario poder de establecer los hechos. Es testigo: es objetivo; garantiza la claridad y la pureza de los objetos. Su subjetividad es su objetividad”[3].

La emergencia de este sujeto epistemológico fue parte de una cultura de la ciencia que desafió a las mujeres y construyó nuestra ausencia de los campos reglados y públicos del conocimiento. Este desafío produjo la fundación de las narraciones de las diferencias de género —que implicaban también la clase, el sexo, la especie[4] y la raza— “en tanto informes científicos objetivos”[5]. Esta cultura científica produjo también las metáforas según las cuales la mente, la racionalidad, la clara objetividad, lo público o la cultura, excluían al cuerpo, a la parcialidad, a la oscura subjetividad, a lo privado y a la naturaleza de la producción tecnocientífica y las representaciones válidas.

Este tradicional mundo dualista concluye un orden social esencialista que en el siglo XIX se prefigura con la consagración de la ingeniería como profesión de élite y como dice Judy Wajcman, un ideal de masculinidad. De nuevo, “el discurso de la masculinidad se movilizó para garantizar que se erigieran fronteras de clase, raza y género en torno al bastión de la ingeniería”[6]. Wajcman afirma que fue durante este proceso y a través del mismo que el término tecnología adquirió su significado moderno. Este sentido moderno infirió desde el principio, un vínculo entre tecnología y varones blancos así como la incompatibilidad de la feminidad con la misma.

Las ciencias y tecnologías de la información y la comunicación contemporáneas tienen sus propias narraciones, figuras y metáforas. Los relatos desde los años ochenta se regocijan en la pericia técnica y el conocimiento especializado de los techno-cowboys: los héroes hackers, los nerdys y los geeks híper inteligentes. Carlen Lavigne advierte sobre estos clichés al apuntar el objetivo de la autorrealización y autoafirmación de este nuevo mito. Aparentemente como héroes solitarios y marginalizados sin embargo “son unos dioses dentro de sus computadoras (...) en un universo donde la inteligencia pura dicta el poder y el control"[7]. 

El legado de estas narraciones no es una herencia inocente ya que establece los campos epistemológicos genéricos en donde se siguen produciendo los desafíos por la agencia y la exclusión del poder y el saber. La personificación del conocimiento tecnocientífico —desde una supuesta inteligencia, razón, objetividad y pericia— en élites occidentales masculinas, tiene su contrapartida en el conocimiento tradicionalmente informal, local, marginal, anónimo, invisible y colectivo de las “personas privadas de agentividad epistemológica [...] personas sexuadas, de color y trabajadoras”[8]. Se establece por tanto quien puede hacer, qué puede hacer, quién puede conocer, qué puede conocer, cómo y desde dónde pueden proceder. La tecnología literaria científica del mundo dualista performa así los roles de género y la división sexual del trabajo.

 

Deconstruyendo la neutralidad

Desde ese desafío y conciencia se produce a partir de la segunda ola[9] el análisis crítico de esta condición por parte de diferentes perspectivas feministas. En ese sentido Wajcman comenta cómo el feminismo radical, el feminismo cultural, el ecofeminismo y el feminismo socialista abordaron la relación entre género, ciencia y tecnología. Si bien sus puntos de partida y conclusiones —casi siempre pesimistas y deterministas— presentaban diferencias significativas, gracias a sus trabajos la tecnología y la ciencia dejaron de ser consideradas como neutras para ser concebidas como patriarcales.

Desde esas posiciones ya no se buscaba la equidad que procede de entender la ciencia y la tecnología como ámbitos de imparcialidad —testigos modestos basados en modelos de control, autoridad y poder—, sino que por el contrario se podía avanzar poco a poco hacia formulaciones de emancipación. Un ejemplo de esto se produce a partir de los años ochenta desde las epistemologías feministas, cuando Sandra Harding o Donna Haraway pensaban alternativas para una ciencia feminista: 

“Reivindicaban el desarrollo de una nueva ciencia basada en los valores de las mujeres [y se] analiza[ban] los procesos a través de los cuales se desarrolla y utiliza la tecnología así como aquellos [procesos] a través de los cuales se constituye el género”[10].

Tipificar sexualmente la tecnología y la ciencia como masculina produce imaginarios que se materializan en realidades palpables según las cuales aún hoy podemos afirmar nuestra exclusión y desventaja numérica. El reconocimiento de la ausencia de neutralidad científica y tecnológica fue un paso fundamental para la elaboración de estrategias de análisis crítico y de acción política para considerar la presencia y el trabajo de las personas que no encajan en los estándares patriarcales.

Nace también desde esa conciencia la legendaria propuesta ciberfeminista que en los años noventa proclamaba que las tecnologías de la información eran femeninas desde sus mismos orígenes. En ese sentido Sadie Plant[11] reivindica la figura de Ada Lovelace como primera programadora de la historia de la tecnología; esta reivindicación historiográfica era un modo de eliminar el sesgo masculino que inconscientemente otorgamos a la historia de la tecnología. Además con una positividad entusiasta, los colectivos VNS Matrix o las Old Boys Network nos invitaron a apropiarnos del acceso a las herramientas tecnológicas para hacerlas nuestras —y por tanto feministas— a través de una “idea utópica y una construcción estratégica. [Siendo] sobre todo un discurso de la terquedad feminista en la era post-humana de la información global y las biotecnologías"[12].

Tal y como señala Wajcman los diferentes feminismos estuvieron así “mucho tiempo divididos con respecto al impacto de las tecnologías en las mujeres, desgarrado[s] entre visiones utópicas y distópicas de lo que pueda deparar el futuro”[13]. 

Los feminismos de los años setenta fueron señalados como tecnofóbicos porque  entendían la tecnología como masculina y por tanto bélica, contaminante y parte de una producción capitalista y patriarcal que controla y explota el cuerpo de las mujeres y la naturaleza. Las utópicas argumentaciones tecnofílicas de Sadie Plant fueron criticadas por algunxs autorxs como esencialistas y un tanto conservadoras, al disociar la tecnología de cualquier programa político de cambio social. También el ciberfeminismo occidental y las teorías cyborg de Haraway tuvieron respuesta en proyectos como Mythic Hybrid (2002) de Prema Murthy. En este proyecto las estrategias de emancipación de las chicas de los portátiles y los cibercafés, se enfrentaban a la realidad de las mujeres trabajadoras de las fábricas de microelectrónica en el sur de Asia cuando críticamente Murthy se preguntaba: “Desde entonces [1984] ¿hasta donde nos ha llevado el ciberfeminismo?”[14].

 

Estrategias para la reflexividad

 

Sin duda, parte de la naturaleza histórica de los feminismos ha sido la disidencia de los puntos de partida así como de las conclusiones o las estrategias de actuación política. Bajo mi punto de vista esta disidencia es la que construye el movimiento bajo los parámetros de la diversidad así como un necesario y constructivo lugar de discusión abierta y pensamiento crítico colectivo.

De ese modo tenemos los análisis y estrategias que nos permiten pensar las problemáticas del acceso a diversas profesiones masculinizadas por personas que no encajan en esos estándares. Desde ahí se complejizan los motivos de nuestras ausencias más allá de nosotrxs mismxs. Comprendemos que tal vez, y entre otros motivos, las reglas de funcionamiento de estas profesiones han sido diseñadas incompatibles con el mundo de demasiadas personas —dedicación intensiva irreconciliable, por ejemplo, con los cuidados—. 

Estudios como el de Lela Coders[15] publicado en 2011 siguen esta estela iniciada por el feminismo marxista de la segunda ola en su análisis de la división del trabajo y proporciona datos relativos a los lugares de las mujeres en ámbitos como el de la programación y el mundo hacker hoy. Refieren el estudio de Ellen Spertus[16] realizado en 1991, como uno de los primeros en abordar la problemática de la poca presencia de las mujeres en EEUU en las ciencias informáticas. Vinculadas a las cuestiones que propone Spertus, Lela Coders se preguntan por el éxodo de las mujeres de las carreras y profesiones informáticas hoy. Asimismo refieren la importancia de “la presencia de ambos géneros pero también de personas provenientes de orígenes culturales y minorías étnicas que no suelen estar tampoco presentes (afroamericanas, hispanas, gitanas, etc.)”[17] en un ámbito tan relevante para la posible construcción de un mundo diverso y en donde las estadísticas siguen hablando de nuestra subrepresentación: 

“Las programadoras de software y las administradoras de sistemas son también las arquitectas de nuestras sociedades de la información y el conocimiento. Su trabajo no solo impacta en todos los campos de producción, reproducción y distribución de los saberes, sino que condiciona las condiciones de trabajo y gestión de las infraestructuras sobre las cuales se sostienen nuestras sociedades físicas y materiales”[18].

Entrelazada con estas estrategias, las tácticas historiográficas nos sirven para recuperar y reivindicar la vida y el trabajo de personas en la ciencia, la tecnología o el arte que no han sido reconocidas o simplemente han sido borradas de la historia. La historiografía nos da la oportunidad de deconstruir la historia y el canon de los mitos masculinos así como de tener los referentes en los que mirarnos para poder imaginar un mundo distinto. Su utilidad es incuestionable pero como advierte Maria Ptqk[19] al repasar el trabajo de Ada Lovelace, Marie Curie, Lynn Margulis, Hedy Lamarr o Ángela Ruiz Robles, esta labor de recuperación tiene sus limitaciones:

“En todos estos casos sin embargo, se trata de historias particulares que, si bien necesitan y merecen esa labor de recuperación, no dejan de ser excepciones: mujeres de un talento extraordinario que, contraviniendo las normas sociales, se introdujeron en entornos explícita o implícitamente vedados a ellas. El problema de estos esfuerzos de recuperación, aunque necesarios, es que a menudo funcionan como exponentes de tokenism —casos excepcionales que se utilizan para fortalecer el argumento de que la lucha por la igualdad ya no es necesaria pues esta ya se habría conseguido— y ocultan que la ausencia e invisibilidad de las mujeres en el campo tecnocientífico es una cuestión estructural que responde a una organización sexual del trabajo basada en una división tradicional de roles”[20]. 

Dentro de la cuestión estructural que plantea Ptqk siguen vigentes las premisas relativas a cómo la representación, la producción de conocimiento y el desarrollo tecnológico están fuertemente connotados ideológicamente. 

Podemos trasladar entonces el foco, tal y como sugiere la autora, “desde las historias particulares a las historias colectivas y anónimas para analizar el lugar estructural ocupado por las mujeres”[21]—y podríamos añadir: personas sexuadas, racializadas y trabajadoras—. Podemos preguntarnos también con Haraway sobre “cómo hacer queer al testigo modesto esta vez para que se constituya en el horno de la práctica tecnocientífica como un MujerHombre auto-consciente, responsable y antirracista”[22]. 

En este sentido, el género, la orientación sexual, la clase, la especie o la raza no son ya esencias sino relaciones estructurales. Los seres humanos y no humanos como seres constituidos por categorías estructurales, suponen una reflexividad más compleja y oportuna desde el punto de vista del feminismo tecnocientífico.  Porque si la tecnología es entendida como una construcción relacional, como un producto sociotécnico, no estaremos hablando ya de sujetos epistemológicos genéricos sino de tecnologías y colectivos humanos y no humanos diversos que se constituyen recíprocamente. 

La comprensión del carácter estructural de la ciencia o la tecnología nos sitúa en una mejor posición desde la cual comprender, entre otras cosas, “las consecuencias que tienen algunos artefactos que se diseñan y desarrollan adoptando formas particulares que encarnan las relaciones de poder entre los géneros”[23].

 

Por lo tanto, no podemos seguir hablando de la división dualista del mundo, anclada en las metáforas y mitos de la literatura tecnocientífica, sin tratar de comprender su profunda forma de construcción social. Si la tecnología es entendida como un sistema sociotécnico, podemos preguntarnos por las relaciones de poder que desde ella se establecen así como por los lugares estructurales que ocupamos unxs y otrxs. Podemos deconstruir así la división diseñadorxs/usuarixs así como la división entre producción y consumo de artefactos tecnológicos planteadas por las investigaciones tecnofeministas.

Desde ahí también podemos privilegiar como hace Haraway con Susan Leigh Star (1991) a los exiliados, a las personas que no cumplen los estándares, que sufren el trauma y los abusos de la tecnociencia. Star plantea que “es más interesante analíticamente y más justo políticamente empezar simplemente con la pregunta cui bono”, es decir, ¿a quién beneficia?[24], cuando alude al hecho: 

“[de] como los estándares producen trabajo invisible para unos mientras que le dejan vía libre a otros [...] como las identidades consolidadas de algunos producen localizaciones marginales para otros [...] como la estabilidad pública de algunos es el sufrimiento privado para otros; la autoinvisibilidad de algunos viene al coste de la visibilidad pública de otros”[25].

 

Mythic Hybrid

En 2002 Prema Murthy realiza el proyecto Mythic Hybrid. Este proyecto surge en respuesta a las investigaciones que la artista estaba desarrollando acerca del trabajo de las mujeres en las cadenas de ensamblaje de las fábricas de microelectrónica situadas en países como Bangladesh, China, India, Indonesia, Corea, Malasia, Sri Lanka y Vietnam. 

1       Donna Haraway, “Testigo_Modesto@Segundo_Milenio”, Lectora: revista de dones i textualitat Nº 10, Barcelona, 2004, pp. 13-36.

2       Ibíd.

3       Ibíd., p. 14.

4      La cultura científica que nació en el siglo XVII construyó la diferencia basada en el lenguaje científico. La diferencia biológica de los sexos instauraba también la diferencia cultural de los géneros. La anatomía y la fisiología fundaron las supuestas evidencias según las cuales, la naturaleza creaba seres biológicamente distintos, a los que les correspondían, por esencia y de forma inmutable, lugares y papeles diferentes. El modelo de la diferencia —mundos binarios o two sex model— se hizo hegemónico tratando de justificar científicamente la infundada inferioridad política, jurídica y moral de las mujeres. Dentro del fuerte antropocentrismo científico del siglo XVIII, también hallamos otros modelos biológicos basados en la anatomía y la fisiología como el de Carlos von Linneo que apuntan en similares direcciones. En este sentido, la clasificación de las especies está basada en un modelo anatómico de discriminación por el cual el hombre —blanco y de clase media—, siendo un animal humano, está en la cima de la pirámide evolutiva como Primate —primero—. Las clasificaciones taxonómicas de especies de Linneo, Cuvier o Lamarck, también dividen y diferencian a los animales según un supuesto grado de inteligencia —inteligencia entendida de nuevo como una capacidad de razonamiento lógico mediante el que trataban de argumentar lo que hoy much+s autor+s consideran una discriminacion especista o una forma de espejismo antropocéntrico—. Resaltar asimismo la obra de Linneo titulada Tratado de las razas humanas de 1770, en donde la raza es argumentada igualmente como arquetipo y por tanto categoría esencialista para la construcción científica de la diferencia. Haraway en Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno aborda este período cuando dice: “Desde el imperialista siglo XVIII, las ciencias biológicas han sido especialmente poderosas fermentando nociones sobre todos los habitantes mortales de la tierra. El Homo sapiens —el humano en tanto especie, el Ántropos como especie humana, el Hombre Moderno— fue un producto primordial de estas prácticas de conocimiento”. Donna Haraway,  Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno , Edición Consonni, Bilbao, p. 2019.

5       Donna Haraway, "Testigo_Modesto…”, Op. Cit., p. 24.

6       Judy Wajcman, Tecnofeminismo, Ediciones Cátedra, Madrid, 2006, p. 30.

7      Carlen Lavigne, Cyberpunk Women, Feminism and Science Fiction: A Critical Study, McFarland & Company, Inc., Publishers, North Carolina, 2013, pp. 45-62.

 8    Ibid., p.  24.

9      Tal y como apunta Wajcman, desde los inicios de los años setenta la crítica a las sociedades posindustriales basaban sus postulados en las jerarquías de clase pasando por alto las diferencias de género. Asimismo los nuevos teóricos de la revolución tecnológica no estaban atendiendo el impacto diferencial que ésta podría tener entre hombres y mujeres. En una época de profundos cambios sociales y políticos, el feminismo resurge de forma poderosa  y crítica hacia muchas de las perspectivas que se estaban desarrollando, poniendo a las tecnologías, las relaciones de poder de género y los ejes de la desigualdad en el centro de sus análisis: “El feminismo de la segunda ola y el creciente corpus feminista que floreció durante aquella época identificaron la ausencia de las mujeres en estos ámbitos de influencia como elemento clave de las relaciones de poder de género”. En: Judy Wajcman, Op. Cit., p. 24.

10       Ibid., p. 33.

11       Cf. Sadie Plant, Zeros and Ones. Digital Women + the new technoculture, Fourth State, London, 1997.

12       Cornelia Sollfrank, "Editorial", NextReader, Next Cyberfeminist International, Old Boys Network, Rotterdam, 1999, p. 5. Disponible en: http://www.obn.org/inhalt_index.html [Fecha de consulta: 15 de agosto de 2020]

13       Ibid., p. 11.

14       Prema Murthy, Mythic Hybrid, 2002. Disponible en:  http://premamurthy.com/about-2 [Fecha de consulta: 15 de agosto de 2020]

16       Ellen Spertus, Why are There so Few Female Computer Scientist?, DSpace@MIT, 1991.

17       Op. Cit., p. 10.

18       Ibid., 2011, p. 7.

20       Ibid., p. 39.

21       Ibid., p. 40.

22       Haraway, Op. Cit., p. 28.

23       Wajcman, Op. Cit., p. 39.

24       La pregunta cui bono pertenece a la línea argumentativa clásica del materialismo cuando Karl Marx apuntaba al hecho de que los beneficios del capitalismo no se distribuían de manera comunitaria. El posmarxismo se pregunta por cómo el reemplazo de unas tecnologías por otras —un cambio tecnológico—, altera modos de vida y trabajo, creando ganadores y perdedores en el proceso. Introducir una dimensión social en el análisis de un cambio de mundo generado por las tecnologías, requiere de preguntas tales como si la sociedad estaba en general mejor después de ese cambio tecnológico o no. Disponible en: https://etherwave.wordpress.com/2015/07/11/the-benefits-of-technology-productivity-as-a-measure/  [Fecha de consulta: 25 de agosto de 2020]

25       Haraway, Star, Op. Cit., p. 30.

Fig. 1. Mythic Hybrid es un "motor de búsqueda" inspirado en mi interés por las mujeres que trabajan en fábricas de microelectrónica. Tras mi investigación, encontré informes de alucinaciones colectivas e histeria masiva que ocurrían entre las trabajadoras de las fábricas[26].

26       Prema Murthy, Mythic Hybrid, 2002. Disponible en:  http://premamurthy.com/about-2 [Fecha de consulta: 15 de agosto de 2020]

Mythic Hybrid parte de varios mitos relativos a las mujeres y la tecnociencia. Los informes, siempre construidos al amparo de la supuesta y tradicional neutralidad científica, refieren aquí obsoletas patologías femeninas como la histeria, masiva y compartida por las trabajadoras de estas factorías —e interpretada como un riesgo o enfermedad laboral—. 

Los análisis feministas de la historia de la histeria hace tiempo que vinieron a corroborar las formas a través de las cuales la literatura médica y científica de diversas épocas trataron un sinfín de sintomatologías femeninas —casi cualquier leve dolencia— como “la enfermedad del útero”[27]. Desde la Grecia Clásica hasta el siglo XX, el mito de la histeria sirvió para homogeneizar y patologizar el cuerpo de las mujeres. Nuestras múltiples y diversas sexualidades, emociones, malestares y deseos, nuestros cuerpos histerizados, fueron concebidos como elementos incontrolables cuyos tratamientos — el masaje pélvico o masturbación— debían de ser administrados por médicos varones, maridos —si los hubiera— y comadronas como último recurso. 

La tecnociencia para la histeria también refiere el desarrollo de una tecnología que ahorraba tiempo y trabajo a los médicos. En la década de 1880, el médico e inventor Joseph Mortimer Granville patentó un artefacto electromecánico como un artefacto terapéutico con el que alcanzar el paroxismo histérico u orgasmo. La vibración medicalizó la sexualidad y el deseo de las mujeres, pero además se comercializó llegando a “tal extremo que algunos modelos [incluían] un recambio adaptable que [convertía] el vibrador en una batidora”[28]. Si bien el control de la sexualidad y el trabajo doméstico se evidencian imbricados, no es un dato irrelevante constatar que se desarrolló antes el vibrador de uso doméstico —para tranquilizar a personas tan anómalas y excitables— que otros dispositivos útiles como el aspirador o la plancha eléctrica[29], los cuales ahorrarían tiempo y trabajo a las mujeres.

Aunque hoy el diagnóstico de la histeria parecía haber desaparecido de las consultas médicas, Murthy comprueba la vigencia del mito así como el de las alucinaciones colectivas contenidas en dichos informes.

Como híbridos míticos encarnados en el título del proyecto y en el motor de búsqueda, la artista observa con escepticismo también las utópicas perspectivas cyborg de Haraway y del ciberfeminismo occidental. Como advierte Remedios Zafra, esta metáfora ficcional e híbrida es doble. Por un lado se construye desde la figura de la mujer productora de la máquina pero también desde la figura de la mujer como pieza-engranaje y parte del ensamblaje. Por otro lado, la metáfora se construye desde la red y el ciberespacio definido por Gibson en Neuromante (1984) como una “alucinación consensual” y como dice Zafra, la forma en la que se construye el proyecto no es irrelevante: 

El motor de búsqueda sobre el que se construye la obra, como analogía de un proceso inconsciente y no objetivo de selección fragmentada de la realidad, es decir, como mecanismo de "alucinación colectiva" [...] Por ello, la coyuntura del proyecto (y simultáneamente la divergencia conceptual del mismo) no podría tomar forma sino a través de un buscador proyectado sobre el site de la fábrica, un filtro que examina la narración colectiva de estas mujeres como una ficción híbrida[30].

Cuando Murthy viaja a la India en 2001 para continuar con su investigación y estudiar estos informes dice, “lo que encontré en el camino fue contrario a las expectativas: un grupo de mujeres cuerdas y racionales con identidades construidas por un conjunto de factores sociales y psicológicos complejos”[31].

La deconstrucción de los mitos tecnocientíficos y ciberfeministas que se producen simultáneamente durante  la investigación, revelan las denuncias y protestas de los colectivos de trabajadoras de las fábricas. También evidencian cómo los informes tergiversan estos hechos como si de problemas originados por el simple hecho de ser mujeres se tratase. Y como dice Patricia Mayayo, “lejos de la imagen de enajenación total que se desprendía del artículo acerca de los casos de histeria colectiva registrados en la India, las trabajadoras parecen tener una visión muy lúcida acerca de su propia posición dentro del sistema”[32].

Las informaciones fragmentadas contenidas en el website son desde un boletín informativo online del Comité de Mujeres Asiáticas (CAW) que “informa sobre los problemas, noticias, luchas y experiencias de vida de las trabajadoras asiáticas”[33], webs con informes sobre salud laboral, hasta los relatos en primera persona de las condiciones de trabajo de las mujeres recogidos por la artista a través de entrevistas y presentados en formato de vídeo. 

Tenemos así el relato de las experiencias de estas mujeres en donde se muestran como una comunidad organizada y consciente. Textos intercalados con “una voz en off masculina que reproduce discursos típicamente corporativos [donde] el tono entusiasta de la propaganda corporativa contrasta de forma muy marcada con los extractos de las declaraciones de las empleadas de las fábricas”[34].

27       Del lat. hysterĭcus, y este del gr. ὑστερικός hysterikós 'relativo al útero', 'que sufre del útero' (RAE). La histeria como patología clínica será enunciada por Jean Martin Charcot —y posteriormente estudiada por Sigmund Freud— en el s. XIX en el contexto de Hôpital Général pour le Renfermement des Pauvres de Paris, en la sección de Salpêtrière. Como entidad clínica, Charcot estudiará la clasificación de los síntomas de la histeria desde la primacía de lo visual, como dice Didi-Huberman en  La invención de la histeria. Charcot y la icono-grafía fotográfica de la Salpêtrière (1982), como “una visibilidad explicativa” (p. 38) o norma androcéntrica del sujeto observador y objeto de estudio —pasivo— observado. Michel Foucault en El poder psiquiátrico, habla también de la construcción de la patología desde una relación entre el poder médico y el cuerpo de la histérica, que al ignorar su sexualidad, conquista “El derecho a no estar loca sino a estar enferma (…) gracias a la constancia y la regularidad de sus síntomas”.  Michel Foucault, El poder psiquiátrico, Fondos de cultura económica, Buenos Aires, 2003, p. 361.

28       Elena Mª Fernández Laveda, Águeda Fernández García e Irene Belda Antón, “Histeria: Historia De La Sexualidad Femenina”, Cultura de los Cuidados (Edición digital), Nº 39, 2014. Disponible en: https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/40068/3/Cultura_Cuidados_39_08.pdf [Fecha de consulta: 25 de agosto de 2020]

29       Rachel P. Maines, The Technology of Orgasm: "Hysteria," the Vibrator, and Women's Sexual Satisfaction, The John Hopkins University Press, Baltimore, 1999.

31       Ibid.

32       Patricia Mayayo, Otras miradas: mujeres artistas, nuevas tecnologías y capitalismo transnacional, Polis, Nº 17, 2007. Disponible en: http://journals.openedition.org/polis/4367 [Fecha de consulta: 25 de agosto de 2020]

33       Asian Women Workers Newsletter, Quarterly Publication by Committee for Asian Women (CAW) Vol. 18 Nº 2, 1999. 

Disponible en: http://cawhk.tripod.com [Fecha de consulta: 25 de agosto de 2020]

34       Mayayo, Op. Cit.

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Fig. 2. Prema Murthy, Mythic Hybrid, 2002.

Los mitos de las histerias y alucinaciones dan paso así a problematizar y privilegiar, como proponía Star[35], el testimonio y las voces de aquellxs que sufren los abusos de la tecnociencia, las personas exiliadas del sujeto claro y limpio —el testigo modesto—.

(Grupos de becarios)—“Me siento como si me vieran como una máquina para producir y si la máquina para, la gerencia piensa que somos rebeldes”.

(Experiencias de trabajo)—“El jefe me dice que no traiga al trabajo nuestros "problemas de mujeres" si queremos que nos traten en pie de igualdad. ¿Qué quiere decir él con eso? Trabajo aquí por mis "problemas de mujeres" -porque soy mujer-. Trabajar aquí crea mis problemas de mujer”.

 

(Capitalismo)—“La verdad es que cuando llegamos a casa del trabajo no nos queda energía suficiente para hacer nada más que comer y dormir”.

(En el acto de ser)—“Hay entre 5000 y 10000 de estas fábricas administradas como asuntos familiares: los propietarios a menudo reclutan niñas de sus pueblos de origen y apenas se ganan la vida. Las trabajadoras viven juntas y comen juntas; cuando tienen hijos, los mantienen aquí durante los primeros dos o tres meses y luego los envían de regreso a las aldeas para que se críen”. 

(Poder, identidad e intercambio en el ciberespacio)—“Dentro hace mucho calor. El edificio tiene techo de metal y no hay mucho espacio para todos los trabajadores. Hay más de 200 personas trabajando allí, en su mayoría mujeres, pero solo hay un baño para toda la fábrica”. 

(e-Resolver)—“Necesito este trabajo porque soy mujer y tengo hijos que alimentar. Y probablemente me despidan porque soy mujer y necesito pasar más tiempo con mis hijos. Soy solo una persona, y me pongo a trabajar con todo mi ser. Entonces, ¿qué quiere decir con no traer aquí mis problemas de mujeres?” 

(Riesgos laborales)—“Bueno, los jefes piensan que son bastante inteligentes con su doble discurso, y que nosotras somos solo un montón de extraterrestres tontas. Pero se necesitan dos para usar un balancín. Lo que estamos descubriendo gradualmente aquí es cómo usar su propia lógica contra ellos”. 

(Vendiendo la globalización: capítulo 2)—“Los jefes aquí tienen este tipo de razonamiento como un balancín. Un día es "te pagan menos porque las mujeres son diferentes a los hombres", o "los inmigrantes necesitan menos para sobrevivir". Al día siguiente, es "todos ustedes son solo trabajadores aquí, no hay trato especial solo porque sean mujeres o extranjeros".

 

¿Devenimos feminizadas?

 

Las condiciones materiales del trabajo femenino en el mundo global, nos posiciona escépticamente ante el mito cyborg de la hibridación con el que soñábamos trascender, a través de la imaginación y la creatividad, la hegemónica división sexual del trabajo y los roles de género. 

La originaria y utópica feminización del trabajo que planteaba Sadie Plant, deviene en una economía de las tecnologías de la información y la comunicación, que lejos de las promesas de emancipación tecnocientíficas, produce vida y trabajo terciarizado, flexible, intensificado, deslocalizado, parcial, fragmentado y mal remunerado para demasiadas personas. Nuestras tradicionales condiciones de existencia son ahora las condiciones para muchxs.

Los ejes norte y sur puede que se hayan ido diluyendo, y en algún punto, podemos decir que la actual feminización del trabajo abarca amplios segmentos de población en donde el género ya no importa tanto. Se estima así que la precariedad es un paradigma general cuya figura y naturaleza es claramente femenina. 

“Lo que caracteriza a las vidas y muertes de todos los bichos terranos es la precariedad: el fracaso de las mentirosas promesas del Progreso Moderno”[36].

María Ptqk propone otra lectura cuando aborda la feminización de la fuerza de trabajo asentada en los cuidados. Las dobles jornadas de las networkers están siendo confirmadas y más en los tiempos Covid-19. El teletrabajo asumido con mayor frecuencia por nosotras para conciliar, nos confina de nuevo en el hogar. Además, la creciente y preocupante estratificación social, se basa en el trabajo de cuidados, normalmente de mujeres migrantes sin estatus legal, a las clases altas dedicadas al trabajo inmaterial.

La pregunta que planteaba Susan Leigh Star, cui bono? —¿a quién benefician los desarrollos tecnocientíficos?— sigue siendo pertinente en un contexto en donde las vidas de tantas mujeres y personas diversas están íntimamente interconectadas. Hace ya casi veinte años que Murthy planteaba esta disyuntiva desde la cual reflexionar las condiciones y las consecuencias de la producción de un artefacto tecnológico y su consumo. Como productos sociotécnicos, las posiciones canónicas y estructurales quedaban aclaradas.

 

Podemos entonces volver a preguntarnos por la posibilidad de repensar la resistencia política a través de la deconstrucción de los mitos tecnocientíficos mediante los testimonios y trabajos de personas situadas y conscientes. Ausentes de trascendencia y limpieza, “podríamos estar en la acción, como seres finitos y sucios”[37], dice Haraway. 

El relato de las experiencias en primera persona de las mujeres en las fábricas de microelectrónica nos recuerdan aún esta posibilidad, y el poder de la heteroglosia, sobre cómo pensar en la configuración de posiciones y figuras de emancipación y cambio social. 

Las reuniones informales como los grupos de mujeres negras Blackclubwomens Movement (1895) o los grupos de autoconciencia —consciousness raising— así bautizados por Katie Sarachild[38] en 1967 en el contexto de las New York Radical Women, son algunos ejemplos que las preceden. Como prácticas de análisis de la opresión a través del relato en grupo de experiencias y sentimientos, propiciaron la reinterpretación política de la propia vida así como su transformación. Como prácticas de conocimiento fueron reivindicadas desde el estatuto del método científico de investigación y fueron el germen de las epistemologías feministas y el conocimiento situado de Harding y Haraway. 

¿Podríamos pensar que un movimiento como #Mee Too es un ejemplo actual del poder del relato colectivo de las experiencias y sentires parciales como práctica política de transformación? ¿Son en este caso las redes sociales, tecnologías del capitalismo transnacional, los productos sociotécnicos de uso cotidiano con alguna capacidad de transformación política, social y laboral?

Cuando Wajcman sugiere la posibilidad de negociar las relaciones de poder implícitas en las tecnologías, el tecnofeminismo sugiere también el cambio de posición en los procesos de innovación para pensarnos como productoras y consumidoras, como diseñadoras pero también como usuarias. Desde ahí también cabe la posibilidad de que mediante “la utilización de una tecnología rutinaria y cotidiana en oposición a la tecnociencia de grandes protagonistas [podamos] incorporar la corriente abajo de las mujeres”[39] y así pasemos a formar parte del desarrollo de las mismas, modificar sus usos, y tal vez, ¿apropiarnos de ellas, otra vez?. 

Helen Hester[40] plantea una crítica a tener en cuenta acerca de la idea de la apropiación como una forma de emancipación. En este sentido la autora alude a las estructuras originarias sobre las que se sustenta nuestra cultura tecnocientífica cuando dice: 

“El objetivo final de una política tecnológica xenofeminista debe ser transformar los sistemas políticos y las estructuras disciplinarias de modo tal que ya no sea necesario recurrir a la destreza técnica de manera encubierta y reiterada para conquistar la autonomía”[41].

Hester considera de este modo que la pericia técnica para la autonomía tecnológica, más que un “ejercicio de libertad emancipatorio”, pueda terminar siendo una carga impositiva para las personas que no desean dicha conquista tecnológica. La mesopolítica, según Hester, nos ayudaría a reflexionar la realidad desde un intersticio de negociación de las relaciones de poder en el cual, las tecnologías rutinarias y cotidianas de Wajcman pudieran ser interlocutoras y situarse entre la soberanía de lo colectivo y la soberanía de lxs sujetxs descentralizadxs. Entre redes sociales, microondas, vibradores, circuitos integrados, espéculos y batidoras podríamos posicionarnos.

36       Tsing citada en Haraway, Op. Cit., p. 65.

37      Haraway, Op. Cit., p. 29.

39       Op. Cit., p. 78.

40       Helen Hester, Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.

41       Ibid., p. 141.

Referencias

 

Asian Women Workers Newsletter, Quarterly Publication by Com­mittee for Asian Women (CAW) , Vol. 18, Nº 2, 1999.

Alex Haché, Eva Cruels y Nuria Vergels, Mujeres programadoras y mujeres hackers. Una aproximación desde Lela Coders, 2011.

Donna Haraway, “Testigo_Modesto@Segundo_Milenio”, Lectora: revista de dones i textualitat,  Nº 10, Barcelona, 2004.

Helen Hester, Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.

Carlen Lavigne, Cyberpunk Women, Feminism and Science Fiction: A Critical Study, McFarland & Company, Inc., Publishers, North Carolina, 2013.

Elena María Fernández Laveda; Águeda Fernández García e Irene Belda Antón, Histeria: Historia De La Sexualidad Femenina, Cultura de los Cuidados (Edición digital), Nº 39, 2014.

Rachel P. Maines, The Technology of Orgasm: “Hysteria”, the Vibra­tor, and Women’s Sexual Satisfaction, The John Hopkins University Press, Baltimore, 1999.

Patricia Mayayo, “Otras miradas: mujeres artistas, nuevas tecnolo­gías y capitalismo transnacional”, Polis, 2007.

Prema Murthy, Mythic Hybrid, 2002.

Maria Ptqk, Tecnociencia, feminismos y biopolítica táctica. Contex­tos y prácticas del colectivo subRosa, Universidad del País Vasco, 2017.

Katie Sarachild, Consciousness-Raising: A Radical Weapon, Ramdon House, New York, 1978.

Ellen Spertus, Why are There so Few Female Computer Scientist?, DSpace@MIT, 1991.

Cornelia Sollfrank, “Editorial”, NextReader, Next Cyberfeminist International, Old Boys Network, Rotterdam, 1999.

Judy Wajcman, Tecnofeminismo, Ediciones Cátedra, Madrid, 2006.

Remedios Zafra (s.f.), Mythic Hybrid.

BIO

Doctora por la Universidad Complutense de Madrid (2013), actualmente profesora adjunta en U-tad (Centro Universitario de Tecnología y Arte Digital, UCJC).

 

Forma parte desde 2012 del grupo de investigación “Prácticas artísticas y formas de conocimiento contemporáneas” (UCM) y del I+D “Interacciones del arte en la tecnosfera. La irrupción de la experiencia. (Creación de soportes e instrumentos para una reflexión crítica, pública y trasversal)” HAR2017-86608-P— (UCM, 2018-2021).

 

Como investigadora, indaga en las relaciones entre diversos feminismos y tecnologías en textos como "Flow. Cut and hack" (2013) en Efímera Revista, "Heteroglosia como eje epistemológico. Perspectivas feministas" (2017) en Giros epistemológicos en las artes. La creación de significado (coord. Jose Alberto Conderana) en Ediciones Asimétricas "Geek Girls. Have Script Will Destroy" (2018) en Visualidades críticas y ecologías culturales (editor Jaime Vindel) en Brumaria.